viernes 30 de octubre de 2009

-.El bastón nuevo.-

Se miró al espejo. No era el más joven, ni el más guapo, ni el más rico o simpático, pero a sus 85 sabía que lo único que tenía era aquel momento.
Ajustó su corbata, peinó su escaso pelo, cogió aquel bonito bastón nuevo que le regalaron años atrás y no había estrenado por temor a estropearlo, y dejó colgados en una percha los complejos.
Llevaría a cenar a aquella dama de 74 y la convertiría en su princesa.
Dejaron sus dolencias en el cajón de las pastillas y se llevaron consigo un brillo en sus ojos de felicidad y cariño, ciegos a miradas de reproche externas.
Ignoraron las normas sociales que les restaban tiempo y aliento... y se amaron el en parque.
Amaneció un bastón nuevo olvidado en un banco. Su dueño no volvió a buscarlo. Dicen que se olvidó de que antes cojeaba y ahora camina con paso firme de la mano de una dama.
Achaques en el cajón quedaron, mas alguno se llevaron: conservan su sordera cuando hablan mal las lenguas. Cosas de la edad, o quizá de la experiencia...
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(Publicado por la editorial Hipálage en "Más cuentos para sonreír", de varios autores)

domingo 27 de septiembre de 2009

-.Se hace la soledad.-

Se hace la soledad sin apenas mediar palabra,
se disuelven las voces amigas en las paredes de un cuarto desnudo,
se desintegran los pedazos de una alegría quizá precipitada
y disculpando ausencias se descomponen las sonrisas simuladas.
Ahogo las lágrimas atropelladas en mi garganta
creando sin descanso historias mentalmente elaboradas,
me arrastra el vértigo que causa el silencio que del teléfono brota
y apago mis ojos al vacío que en mi rededor mora.
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(No fueron hechos los fines de semana para la soledad humana).

domingo 20 de septiembre de 2009

-.La sonrisa caracol.-

Llueve, no una lluvia violenta, pero lo suficiente para no poder salir de casa. El cielo ha mostrado su gris más triste durante todo el día y el frío húmedo se clava, hiriente, en mi piel... Entonces, cuando la noche llega inundándolo todo, cuando el frío es más intenso y mi tristeza parece alimentarse con las lágrimas que se desprenden del cielo, una sonrisa inesperada aparece en mi rostro: un caracol se desliza por mi silla y acaricia con sus antenas uno de mis dedos...
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Me ha parecido tan bonito que lo he subido al cuarto y le he sacado fotos para que quizá pueda haceros sonreír también a vosotros.
Porque las sonrisas vienen de los lugares más recónditos: en un día de lluvia puede ser una gota helada sobre el rostro, un gesto que resulte gracioso, una conversación sin sentido, o quizá un caracol que asoma sin previo aviso por la silla...
Es increíble el poder que pueden tener esas pequeñas cosas, esa magia que se esconde en los más pequeños detalles... Pero sólo si sabemos abrir esos ojos que pertenecen a los niños y que con el paso de los años tantas personas van cerrando.
Es posible que penséis que de tanta lluvia se me han oxidado los tornillos... pero creo que lo mío es de nacimiento ;-)
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Este curso se me presenta con mucho más trabajo que el anterior, así que tendré menos tiempo para pasar por acá, pero entre sonatas, fugas y preludios, iré sacando pequeños ratos para escribir y leeros. Cuidaros, y ya sabéis: sonreíd siempre que surja la ocasión, aunque sea por un caracol.

domingo 13 de septiembre de 2009

-.Ángel de tu cielo.-

Son tus ojos color cielo
en los que se pierden mis negros
y mis manos desdibujan jugando
las doradas nubes de tu pelo.
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Se derrite el frío invierno
al compás de tu cálido pecho
y en tus labios entreabiertos
aterrizan, alados, mis besos.
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Rescatas mis alas y entro en tu reino,
y entre el calor de tus brazos
pones fin al frío eterno.
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Recojo tu lluvia con la yema de mis dedos
y rescato con sonrisas de duende
el Sol que derrite mis miedos...
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**Déjame ser ángel de tu cielo,
no permitas mi caída al infierno**
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(El dibujito lo he hecho esta mañana -día 15-, y aunque es sumamente sencillo y la entrada ya estaba publicada, no he podido evitar incluirlo...)

sábado 29 de agosto de 2009

-.Vizcable (el pueblo).-


Los niños gritaban felices ante la idea
de pasar el verano en el pueblo
rodeados de libertad y verdes pastos
para correr y jugar hasta el cansancio.
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Allá en el pueblo vivían los abuelos,
con sus gallinas, su borrico y su ganado,
la abuela con su delantal lleno del trabajo de años,
y el abuelo, con boina y garrote, cuidando del campo.
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Llegábamos los nietos y nos juntábamos los primos,
y por ser yo la pequeña hacía el trabajo sucio,
mas siempre lo hacía con gran entusiasmo,
pues consistía en cazar sapos, ranas y bichos.
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Vivían en el pueblo sin ningún teléfono
y la ropa se lavaba a mano en el lavadero,
no había tiendas para comprar enseres ni alimentos,
y un par de veces por semana pasaba un camión vendiendo.
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Cada 15 días hay misa en la iglesia del pueblo,
mas pocos acuden ya en el invierno;
una vez por semana se acercaba el médico
y hasta entonces se cuidaban con hierbas y ungüentos.
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Al regresar a la ciudad y dejar a los abuelos
más de una lágrima se escurría por mis mejillas,
y pensaba que de mayor viviría yo en el pueblo
y cuidaría del ganado, la cosecha y las gallinas.
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Mas las casas fueron carcomiéndose con los años
y junto a mis abuelos el pueblo fue envejeciendo.
Los habitantes fallecían o marchaban:
la ciudad se llenaba y el pueblo se vaciaba...
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Falleció mi abuelo y mi abuela abandonó el pueblo,
las casas se fueron dejando y las cosechas perdiendo...
Y a día de hoy sólo queda el señor Vítor
viviendo todo el año en el cortijo.
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Tan sólo en el verano parece que el pueblo reviva
y los cortijos se llenan de conocidos y familiares,
mas cuando se acerca el mes de septiembre
el pueblo empieza de nuevo a vaciarse...
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Aún se usa el lavadero en el verano
y aún pasan vendiendo "el Jota" y "el Archivelero",
y aunque los teléfonos ya llegaron a las casas,
sigue sin haber cerca ningún médico.
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Y de aquellos nietos sólo una regresa
a dedicarle cada verano unos días al pueblo,
y se refugia de la rapidez que asfixia las ciudades
entre las estrellas, el aire puro y el silencio.
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Y así el pueblo, incluso en verano, sigue envejeciendo...
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Mañana regresaré del pueblo
y, como cada año,
unas lágrimas se me escapan,
ahora en silencio, desde mi alma...
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Vizcable es un pueblo (realmente una pedanía) perdido en algún lugar de la Mancha, con tortuosas carreteras para llegar (de pequeña siempre me mareaba). Como anécdota, yo solía describirlo como "el estornudo de Dios" por la disposición de las casas: unas pocas allí, otras más allá... decía: "entonces Dios estornudó sobre Vizcable y todas las casas se desperdigaron". No hay calles, sino cortijos, y cuando raramente un coche pasa, aún se ven a las pocas personas que haya asomarse para ver quién pueda ser...
En la foto se ve el cortijo donde vivían mis abuelos, desde el que escribo en estos momentos y donde he pasado los últimos días con mi abuela: "Las Aceas".
Aunque me ha costado tiempo y sudores publicar desde aquí (la conexión es lentísima), quería hacerlo así. Mañana regresaré y poco a poco me iré sacudiendo la pereza para volver a ponerme al día en los asuntos que conciernen a la ciudad, incluido mi blog y los vuestros. Un saludo a todos.