
Los niños gritaban felices ante la idea
de pasar el verano en el pueblo
rodeados de libertad y verdes pastos
para correr y jugar hasta el cansancio.
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Allá en el pueblo vivían los abuelos,
con sus gallinas, su borrico y su ganado,
la abuela con su delantal lleno del trabajo de años,
y el abuelo, con boina y garrote, cuidando del campo.
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Llegábamos los nietos y nos juntábamos los primos,
y por ser yo la pequeña hacía el trabajo sucio,
mas siempre lo hacía con gran entusiasmo,
pues consistía en cazar sapos, ranas y bichos.
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Vivían en el pueblo sin ningún teléfono
y la ropa se lavaba a mano en el lavadero,
no había tiendas para comprar enseres ni alimentos,
y un par de veces por semana pasaba un camión vendiendo.
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Cada 15 días hay misa en la iglesia del pueblo,
mas pocos acuden ya en el invierno;
una vez por semana se acercaba el médico
y hasta entonces se cuidaban con hierbas y ungüentos.
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Al regresar a la ciudad y dejar a los abuelos
más de una lágrima se escurría por mis mejillas,
y pensaba que de mayor viviría yo en el pueblo
y cuidaría del ganado, la cosecha y las gallinas.
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Mas las casas fueron carcomiéndose con los años
y junto a mis abuelos el pueblo fue envejeciendo.
Los habitantes fallecían o marchaban:
la ciudad se llenaba y el pueblo se vaciaba...
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Falleció mi abuelo y mi abuela abandonó el pueblo,
las casas se fueron dejando y las cosechas perdiendo...
Y a día de hoy sólo queda el señor Vítor
viviendo todo el año en el cortijo.
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Tan sólo en el verano parece que el pueblo reviva
y los cortijos se llenan de conocidos y familiares,
mas cuando se acerca el mes de septiembre
el pueblo empieza de nuevo a vaciarse...
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Aún se usa el lavadero en el verano
y aún pasan vendiendo "el Jota" y "el Archivelero",
y aunque los teléfonos ya llegaron a las casas,
sigue sin haber cerca ningún médico.
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Y de aquellos nietos sólo una regresa
a dedicarle cada verano unos días al pueblo,
y se refugia de la rapidez que asfixia las ciudades
entre las estrellas, el aire puro y el silencio.
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Y así el pueblo, incluso en verano, sigue envejeciendo...
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Mañana regresaré del pueblo
y, como cada año,
unas lágrimas se me escapan,
ahora en silencio, desde mi alma...
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Vizcable es un pueblo (realmente una pedanía) perdido en algún lugar de la Mancha, con tortuosas carreteras para llegar (de pequeña siempre me mareaba). Como anécdota, yo solía describirlo como "el estornudo de Dios" por la disposición de las casas: unas pocas allí, otras más allá... decía: "entonces Dios estornudó sobre Vizcable y todas las casas se desperdigaron". No hay calles, sino cortijos, y cuando raramente un coche pasa, aún se ven a las pocas personas que haya asomarse para ver quién pueda ser...
En la foto se ve el cortijo donde vivían mis abuelos, desde el que escribo en estos momentos y donde he pasado los últimos días con mi abuela: "Las Aceas".
Aunque me ha costado tiempo y sudores publicar desde aquí (la conexión es lentísima), quería hacerlo así. Mañana regresaré y poco a poco me iré sacudiendo la pereza para volver a ponerme al día en los asuntos que conciernen a la ciudad, incluido mi blog y los vuestros. Un saludo a todos.